viernes, 21 de octubre de 2011

ANGUSTIA SIDÉREA


Recordándote mientras viajo, puedo observar como las nubes coloreadas por el Sol agonizante tratan de coquetearle a la Luna, quien aún porta su espectral velo impidiéndole apreciar ese maravilloso espectáculo.

Enmudecido por su belleza, observo como enormes torrentes de nubes se abalanzan hacia la infinidad del cielo, en un vano intento por acariciar esa esfera plateada que los observa con ojos vidriosos. Y luego, arremolinándose con un movimiento casi imperceptible casi demostrando la frustración y desesperación de no estar allí, junto a su amada, veo como se repliega para intentarlo una vez más en una carrera injusta contra el tiempo, mientras, observo impotente como esa hada celeste se eleva desde el horizonte hasta la irritante inmensidad del espacio, acechada desde la distancia por un cada vez más debilitado Sol.

Durante este ballet amorfo e intangible noto como todos esos bellísimos tonos naranjas y rojizos van tornándose cada vez más grises y oscuros abatiendo y disolviendo el algodonoso conglomerado de nubes como si fueran dependientes de la energía del Sol.

Sonrío amargamente al considerar esa posibilidad, ya que es el mismo Sol quien vilmente arrastra a la Luna por el firmamento en un ciclo interminable y caprichoso que solo esconde rencor y envidia, ya que él tampoco puede poseerla.

Solo cuando por fin ese dorado villano se sumerge en el horizonte, pude advertir como las nubes se disgregaban en pequeños cúmulos dejando en el cielo como evidencia solo unos cuantos pincelazos grises como patética demostración de su existencia y triste despojo de un amor imposible. Durante ese momento pude apreciar la magnificencia de esa bella y embriagante Luna llena, pude ver ese fantasmagórico destello áureo que porta durante sus taciturnos paseos estelares, la magia absoluta que amarra corazones y doblega voluntades, de la misma forma que mi corazón está amarrado a tu recuerdo.

Fue entonces que realmente la vi, brillante y orgullosa dominando la bóveda de ébano que constituye nuestro cielo. También me enamore, era inevitable, la única diferencia es que yo conozco mi lugar en el cosmos, pero, además de eso sentí algo de lástima por ella, allá tan sola y fría en ese lugar tan silencioso e inmenso.

Sé que nunca la tendré, se que nunca podrá siquiera saber cuánto la amo, se que moriré en otros tibios brazos y me sentiré bien, pero no feliz. Sé que moriré y me desintegrare convirtiéndome en polvo, polvo de estrellas que perdurara más allá del hombre. Y recordándote, serás única en mi existencia, por lo menos hasta que el sol muera de nuevo en el próximo atardecer.

Malpefre


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