Te detesto, detesto la forma en que te has arraigado en mi columna vertebral, me incomoda el hecho de extrañarte, y no es que nunca haya extrañado, es solo que no soporto admitir que me hace falta esa parte de mí que ha muerto por ti.
Tú, asesina, víbora venenosa y sensual que después de morderme y hacerme probar tu poción, huyes desapareciendo en medio de esa selva de cuerpos y sangre dejando tras de ti, nada más que un rastro de piel muerta, como símbolo inanimado de lo que está por venir.
Pero mientras escapas te mueves lenta y errática porque sabes que estás tan envenenada como yo, y que además portas mi marca, cicatriz del amor que sentiste, pero después de tanto huir, te encuentras mutilando violentamente pedazos de ti, llenándote de un odio autoinflingido tratando de deshacerte de mí, sin darte cuenta que no es a mí a quien estas tratando de exiliar de tu mente; es la bestia, tu verdadero y eterno enemigo. Yo solo fui un catalizador, un intermediario, solo fui el carcelero de que abrió tu celda, y que por ello pagó las consecuencias.
Estas inmersa en una lucha contra ti misma, intentando vanamente de destruir una parte de ti que no te pertenece, pretendiendo inútilmente convertirte en esos maniquíes mutilados que ves andando en las calles, entes vacíos en un mundo en donde el valor de las personas esta dado por el número de veces que presiona una tecla.
No entiendes, ni tu misma existencia está preparada para desprenderse de esto, porque en realidad, están compuestos de lo mismo y existiendo en el mismo lugar. Por eso siento lástima por ti, ya que nunca sentirás la libertad de quitarte la máscara, de correr libre y tener la fuerza, la confianza y el amor, del lobo.
Malpefre