Sientes gemir el cielo sollozante sobre tu rostro, quejándote como un niño ingrato por las cosas que ya posees, sintiendo añoranza por un pasado mejor y más brillante, aún esperando revivir ese chorro de felicidad efervescente que se desborda por tus ojos.
Aislado sin hallar tu lugar, perdido en la búsqueda de ese ideal, corriendo el riesgo de matar una parte de ti tan solo para poder encontrar el amor. Dando todo hasta dejar nada más que un cascarón vacío, temeroso, petrificado, cubierto bajo el húmedo manto nocturno disfrutando inmóvil a la espera de sentir esos besos y caricias que el cielo te proporciona y que nunca lograras emular.
Te entiendo, comprendo tu miedo, entiendo la confusión con la que luchas constantemente. Y bajo la cual escondes esa belleza infinita que alcanzo a vislumbrar en tus ojos desde el instante en que nuestros labios se separan, justo cuando esa conexión que nos aísla de la realidad por unos pocos segundos se interrumpe temporalmente, y nos hace caer en una peligrosa espiral descendente al deseo, acelerados por el latir de nuestros corazones quienes toman el control.
Puedo sentir tu pulso sobre mi piel, puedo sentir como la decadencia de mi alma putrefacta trata desprenderse de tanta luz, intentamos matar esto, intentamos callarlo pero está allí, acechando de nuevo, esperando a que fallemos para mordisquear nuestras almas, solo por el placer de vernos abatidos y sometidos por la mente racional, por la materialidad del simio, del hombre, engañados, sonriendo como estúpidos sin darnos cuenta de que al unir nuestras almas y nuestros cuerpos, dejamos al mono encerrado y somos verdaderamente libres, y quien sabe, tal vez algún día felices.
Malpefre
Malpefre
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