Por ahora estoy vacio, el lobo está ausente, quizá sea porque he abusado de él ya que cuando aparece cree controlarlo todo pero en realidad no es más que una trampa para expresar sentimientos ocultos que puedan desconcertar el ente racional que me esclaviza. Incluso yo vivo engañado creyendo manipular ese fenómeno natural.
Porque todo se reduce a lo mismo, poder, control, quien provoca la descarga, quien es el verdugo que decapita nuestras ilusiones con esa hacha de verdades incompletas y juicios precipitados, porque la vida está llena de decisiones tinturadas en tonos grises pero forjados en nuestro corazón a través de la más profunda oscuridad. Esa oscuridad que el subconsciente controla.
Ese control que no es más que una burda y barata parodia adornada de plástico y de amistades con fecha de vencimiento. Tan obsesionados estamos, tan alerta creemos estar, que olvidamos mirar hacia adentro, ignoramos nuestro instinto con regularidad, no dejamos que salga a flote la bestia interna, el Lobo.
Porque si en la historia de la humanidad hay un sentimiento genuino, original, que viene incrustado en nuestros genes es el egoísmo, somos egoístas por naturaleza, ególatras, víctimas de la auto adoración del Yo consiente, hasta el punto de cegarnos a la verdadera felicidad. Porque hasta concebir una amistad es un acto egoísta, donde soportamos las estupideces de otra persona por temor a estar solos, por temor a enfrentar la bestia que ronda nuestras cabezas constantemente.
Pero no, debo resistir, debo abrazarlo y entenderlo, aún cuando me hallo tan vacio y tan solo. No puedo dejar de intentarlo, tengo que tratar de salir, de luchar, como lucha un polluelo contra la coraza que lo sostiene, porque de igual manera en esa coraza nos crearon y en ella nos desarrollamos pero cuando salimos de ella es que verdaderamente empezamos a vivir.
Así que esperare en movimiento, siguiendo la torturante rutina que mata nuestro espíritu, esperare a que vuelva y empezaremos una vez más nuestra danza, nuestra batalla, nuestra tragicomedia en donde soy el protagonista, el villano y el espectador, donde él participa a su vez en mi obra y, mirándome desde el interior sonríe complacido.
yo, mientras tanto, de pie en algún lugar abarrotado de gente levanto la mirada sonriendo y lo dejo estar, mientras siento como ese velo sombrío asciende lentamente por mi rostro una vez más hasta finalmente tomar el control.
Malpefre
Malpefre
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