Ves
el cielo llorar a tus pies desde tu refugio sin siquiera inmutarte, saboreando amargamente tu sobriedad y a dos pasos de la
penumbra. Con dedos temblorosos por el frío de la lluviosa noche enciendes un
cigarrillo, observando impasible como esas gotas celestiales se abalanzan
suicidas contra el indiferente asfalto, salpicando las puntas de tus
desgastados zapatos.
Con un suspiro exhalas el humo de tu cigarrillo que luce
exageradamente blanco y denso, quizá por la humedad del aire o quizá porque parece
llevarse una parte de tu alma. En ese momento notas que te lagrimean un poco
los ojos, y arrastrando con esfuerzo una débil sonrisa, piensas que después de
todo, solo necesitas un poco de humo para que, por vez primera, puedas asomar
una tímida lágrima.
De repente, en tu mente se manifiestan todas las mentiras y todas
las traiciones que, como una cortina de humo, nublaron tu visión y tu juicio,
pero que nunca te hicieron llorar, y las contemplas detenidamente mientras
observas con detalle cómo se consume el cigarrillo en tus dedos, como tratando de comprender que ha cambiado, qué es
diferente ahora, te preguntas si acaso duele más o si acaso ya eres feliz, ante
lo cual te respondes sonriendo con una tranquilizadora negativa.
Te zambulles entre pensamientos, tratando de hurgar el plano de tu
mente para encontrar ese preciado bien que supuestamente cada quien lleva
impuesto en su interior, y cuando por fin encuentras algo, el sorpresivo y estridente
maullido de un gato quien te mira con ojos furiosos y encendidos de fuego esmeralda
te distrae haciéndote regresar e interrumpiendo tus pensamientos, aliviando un
poco el dolor y permitiéndote salir a la superficie para recobrar el aliento.
A partir de ese momento dejas de pensar, y como una pequeña hoja
que se sumerge sumisa en las apacibles aguas de un cristalino y virgen
manantial, te dejas llevar acabando tus preocupaciones y permitiéndote distraerte
con cosas menos importantes que ser feliz; y sonríes ante esa posibilidad, pero
es una sonrisa nerviosa, desconfiada, como si en vez de ansiar y buscar la
felicidad le temieras y la esquivaras al menor indicio de cercanía con ella.
Y es la lluvia, quien al notar tu vacilación, incrementa su andanada
contra el frío y resquebrajado pavimento, filtrándose entre grietas, reptando
en forma de arroyuelos, arrastrando la porquería de las calles, como tratando
de purgar la ciudad, como tratando de mostrarte algo e intentando bautizarte,
aún en contra de tu voluntad, incitándote a odiar esta selva artificial, llena
de polvo y habitada de desolación, -como un enorme desierto lleno de gente-piensas
sonriente, mientras, das un paso definitivo fuera de tu escondite, lavándote y entregándote
al húmedo abrazo de la noche escoltado solo por la luna expectante, en un
intento por dejar encerrados tus miedos y dudas en aquel oscuro escondrijo en
tu cabeza, y por fin descubrir tu verdadero ser.
Malpefre
No hay comentarios:
Publicar un comentario